El castigo físico puede tener efectos devastadores en la salud mental de nuestros hijos.

Aun hoy en día, seguimos viendo cómo muchos padres utilizan la violencia física para “educar” o “corregir” a sus hijos.

Y cada vez encontramos más voces que se alzan contra esta forma de violencia que parece inocua e inofensiva, pero que también se ve más y más cuestionada, por los expertos en la materia.

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Sabemos que las experiencias negativas de la infancia, como el maltrato físico, están ligadas a los problemas de salud que puede desarrollar una persona cuando llega a la edad adulta.

Muchos estudios demostraron que existe una conexión entre los castigos como “las nalgadas” o las bofetadas y la salud a largo plazo.

El viejo dicho “la letra con sangre entra”, no sería realmente así. Incluso, escuchamos a muchas personas decir que recibieron castigos físicos siendo niños y que por eso, son buenas personas.

Prácticas “razonables”.

Hoy en día, todavía estas prácticas se consideran “razonables.”

Una nueva investigación demostró que las nalgadas y las bofetadas son recibidas por los niños como una forma de violencia física y emocional que favorece el riesgo de síntomas de depresión, problemas con el alcohol o el uso de sustancias.

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Las conclusiones de este estudio americano que se realizó sobre 8000 participantes adultos, se presentaron en la revista Child Abuse & Neglect.

Se determinó que, definitivamente, estas formas de violencia física quedan en la memoria de las personas como experiencias desfavorables de la niñez y es necesario abordarlas como formas de maltrato.

Es cierto que la práctica del castigo físico va disminuyendo. Hace 50 años, todos los padres castigaban a sus hijos con estas modalidades, e incluso con formas aún más duras.

Años después, ya no todos lo hacían. Hoy, todavía hay un largo camino por recorrer en este sentido.

A veces sentimos que perdemos los estribos y que no queda más remedio que apelar a la violencia física. Es necesario entender que no es el camino, que debemos abordar las problemáticas de otra manera y que nuestros hijos lo sufrirán cuando sean adultos.

Otras formas de violencia.

Además de las nalgadas, las bofetadas o los tirones de pelo o de orejas, existen otras formas de violencia igual de nocivas.

La humillación, las palabras hirientes o los gritos, también constituyen un modelo de agresión hacia los niños.

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¿Crees que sería exagerado decir que esto destruye el cerebro de tus hijos? Pues parece que no lo es… porque resulta que la “violencia educativa”, frena el correcto desarrollo de los niños.

Otra de las conclusiones a la que se arribó, al momento de desarrollar este estudio, es que el estrés y el miedo provocados por este tipo de situaciones, generan adrenalina y cortisol; dos moléculas tóxicas que destruyen las neuronas.

Neurocientíficos, médicos, biólogos, sociólogos… analizaron los efectos de la violencia educativa.

Según el Observatorio de la Violencia Educativa Ordinaria, en Francia, el maltrato e incluso, los castigos físicos llamados “suaves”, incrementan los riesgos de suicidio en los adultos, los trastornos mentales, el cáncer, los problemas cardiacos y el asma.

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A corto plazo, la violencia física puede generar conducta agresiva, modificar la corteza cerebral y reducir el coeficiente intelectual.

Desgraciadamente, este es un tema tabú, del que no todos quieren hablar.

¿Qué piensas? ¿Crees que los castigos físicos son efectivos y necesarios?